Que los recursos naturales no renovables se agotan, como es el caso de la minería y los combustibles fósiles (petróleo y carbón), es una verdad de Perogrullo. Sin embargo, lo que hoy día está en juego para mitigar los costos sociales que el cambio climático implicará crecientemente en el futuro consiste, exactamente, en reconocer globalmente esta gran verdad, e iniciar la consecuente migración global, lo más rápidamente posible, hacia fuentes alternativas de energía calórica bajas o nulas en carbono.
Que los recursos biológicos también son agotables cuando las tasas de extracción superan las tasas de renovación de biomasa, es otra verdad fácil de comprender. Pero hoy todavía, países como Indonesia o Brasil mantienen tasas de deforestación de la magnitud que distinguió a México durante el periodo 1960 – 1980 (cuando incluso existió una «Comisión Nacional de Desmontes», pagada con nuestros impuestos). En este caso, mitigar los costos sociales futuros por la contribución de la deforestación al incremento del calentamiento global, implica avanzar también lo más rápidamente posible a tasas de deforestación cero en las todas las latitudes del planeta.
Migrar a fuentes de energía bajas en carbono y avanzar hacia la deforestación cero se dice fácil, pero el mundo que Homo sapiens se ha construido funciona básicamente con electricidad, y para generar esta energía se utilizan sobre todo combustibles fósiles. Por otra parte, la presión sobre el uso de tierras para producción agrícola y asentamientos humanos, o de grandes infraestructuras, se incrementa inercialmente con el todavía vertiginoso crecimiento poblacional humano. Globalmente, el sector energía contribuye con alrededor del 70 por ciento de las emisiones anuales de gases de efecto invernadero, en tanto que la contribución de la deforestación va más allá del 23 por ciento [http://cait.wri.org/].
La cuestión es que la cantidad de carbono que los sistemas humanos, especialmente los industrializados, vierten año tras año en la atmósfera, supera las capacidades de los sumideros (captura) y depósitos (almacenamiento) de la biosfera. Sin actividades humanas grandes emisoras de carbono, su ciclo en la biosfera se encontraba en equilibrio dinámico hasta el fin del periodo preindustrial, porque la capacidad de sumidero y depósito compensaba las emisiones de los seres vivos por respiración, así como otras por tectónica de placas. Pero después de muchas décadas de crecientes emisiones antrópicas de carbono (sean bióxido de carbono, metano, u otros gases industriales), la capacidad compensatoria de la biosfera se ha reducido.
Con fluctuaciones que dependen de la dinámica del sistema océano – atmósfera, durante esta primera década del siglo los sumideros terrestres capturaron el 29 por ciento del carbono antropogénico vertido (alrededor de 11 mil millones de toneladas promedio por año). Por su parte, los sumideros oceánicos capturaron, esta misma década, el 26 por ciento (alrededor de 8 mil 400 millones de toneladas promedio por año) [www.globalcarbonproject.org/]. Es decir, año con año se acumula un déficit de captura de carbono por la biosfera del 45 por ciento de las emisiones humanas. En virtud de que la atmósfera, y sobre todo los océanos, ven de esta manera incrementada su saturación de CO2, sus capacidades de captura declinan rápidamente: cada año se reducen las capacidades de sumidero y depósito de carbono de la biosfera.
En 2008, las emisiones de carbono derivadas del uso de combustibles fósiles continuaron un alto crecimiento de 2 por ciento anual, y alcanzaron la cifra histórica récord de 8.7 mil millones de toneladas (GtC, equivalentes a 32 GtCO2 —ya que una molécula de CO2 pesa 3.67 veces lo que una molécula de C). Por su parte, las emisiones de carbono derivadas de deforestación se redujeron del 1.5 MtC promedio del periodo a 1.2 GtC en 2008 (equivalentes a 4.4 GtCO2), en parte debido a la condición oceanográfica «La Niña», que mantuvo mayor humedad en el sudeste de Asia y redujo el uso del fuego.
En este orden (más bien, desorden) de cosas, el incremento de las concentraciones de CO2 en la atmósfera durante 2008 fue de 1.8 partes por millón (ppm), ligeramente menor que el 1.9ppm promedio durante el periodo 2000 – 2008. Con ello, el incremento acumulado de las concentraciones (sólo CO2 en este caso, sin considerar metano y gases industriales) alcanzó en 2008 las 385ppm, 38 por ciento superior a las concentraciones al principio de la revolución industrial (280ppm en 1750). Esta concentración es la máxima observada durante los últimos 2 millones de años [www.noaa.gov/climate.html].
Como ya hemos examinado en entregas anteriores, Homo sapiens se convirtió en una fuerza geológica a tal punto que, de la revolución industrial a la fecha, cerró el último periodo geológico —el Holoceno— y fundó uno nuevo a su imagen y semejanza: el Antropoceno. El calentamiento global es resultado de la transgresión de uno los umbrales planetarios —el ciclo biogeoquímico del carbono [www.lajornadamorelos.com/opinion/articulos/79625?task=view].
En nuestro país la pérdida de vegetación primaria (la original) se ha mantenido en el curso de esta década en alrededor de 400 mil hectáreas al año; en tanto que la capacidad de reforestación y de las plantaciones comerciales (vegetación no original) es de alrededor de 200 mil hectáreas anuales. Las metas 23 y 24 de la «Visión México 2030» —presentada públicamente por el presidente de la república en mayo 2005 (dos semanas antes de la publicación del Plan Nacional de Desarrollo 2007 – 2012)—, aspiran lograr en 2030 una tasa de deforestación cero, e incrementar las áreas naturales protegidas del 11 al 16 por ciento del territorio nacional. ¿Por qué no quedó esto incluido en la visión de largo plazo del Programa Especial de Cambio Climático?
En cuanto al uso de combustibles fósiles la situación se observa más complicada. En este caso, la «Visión México 2030» indica como metas que nuestro país alcance un ingreso anual per cápita de 29 mil dólares americanos (que hoy día es de alrededor de 12 mil USD); así como se coloque en el 20 por ciento de los países mejor calificados del mundo por competitividad, por disponibilidad tecnológica y por infraestructuras, de acuerdo con los índices correspondientes del Foro Económico Mundial. Pero mientras los gremios de la CFE no permitan el ingreso de tecnologías bajas en carbono como, muy particularmente para el caso de México, la termosolar; y PEMEX no logre condiciones de destinar una parte creciente de la renta petrolera, para transformarse hacia una empresa proveedora de energía no exclusivamente fósil; nos mantendremos en el pasado, y una vez más llegaremos tarde a la jugada económica del futuro: construir un nuevo mundo bajo en carbono…
Germán González Dávila
glocalfilia@prodigy.net.mx
*