En términos de sustentabilidad ambiental del desarrollo, el balance del 2009 es malo y las perspectivas para el 2010 también. El mundo no pudo lograr un acuerdo fuerte en Copenhague para combatir el cambio climático. Poderosos intereses económicos y financieros se oponen a pagar los costos ambientales de sus operaciones. Todo el mundo transfiere la deuda al futuro, mientras los servicios ambientales de los ecosistemas no tienen precio en los mercados excepto, por ahora, los mercados de carbono, en la incierta ruta de Copenhague a México.
Para contribuir a orientar esta ruta, en su más reciente reunión pública el miércoles 9 de diciembre en la ciudad de México, el Centro interdisciplinario de biodiversidad y ambiente (CeIBA) presentó el libro del Dr. Edgar González Gaudiano, buen amigo e investigador del Instituto de Investigaciones Sociales (iinSo) de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL): “Tendencias y oportunidades de la sustentabilidad en México”. Esta publicación constituye una excelente lectura para los interesados en el tema, pues contiene ocho entrevistas a relevantes líderes de opinión en asuntos ambientales y del desarrollo sustentable, a algunos de los cuales tocó liderar el proceso de construcción de la Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca (Semarnap, todavía con la “p” de pesca), durante el periodo 1995 – 2000. [Hoy día parece claro el error de esta desagregación institucional]. Aquí comentaremos las entrevistas cuyo contenido parece más orientador para políticas públicas.
Se reconoce que el desarrollo sustentable contiene tres componentes básicas: la económica, la social y la ambiental. La sustentabilidad, o sostenibilidad (como se traduce en la Organización de las Naciones Unidas, ONU), implica que el stock de capital económico, el capital social y el capital natural, que las actuales generaciones hereden a las futuras generaciones no sea menor al actualmente disponible. Pero cuando el concepto se aplica es bajo la forma de “sustentabilidad débil”, señala Juan Carlos Belausteguigoitia —quien fuera Subsecretario de Planeación de la Semarnap—, pues permite la sustitución de capital natural por capital económico o social. Hace falta desarrollar capacidades para aplicar el concepto de “sustentabilidad fuerte”, es decir, que el capital natural [particularmente los recursos biológicos] no pueda sustituirse por otros capitales, cuando se transfiere de generación a generación un stock total de capital. La sustentabilidad fuerte evita que se rebasen los umbrales de capacidad de renovación del capital natural. Se requiere pues, toda una nueva generación de instrumentos y muy especialmente —concluye—, capacidad de construir amplios consensos sociales —una de las más relevantes limitantes en México.
Además existe una cierta indefinición del concepto de desarrollo sustentable que permite a todo mundo utilizarlo, aunque ello no reste potencia ni pertinencia al tema de la sustentabilidad, señala Enrique Provencio —primer Subsecretario de Planeación y luego Presidente del Instituto Nacional de Ecología durante Semarnap. En realidad, esta indefinición conceptual de la sustentabilidad mantiene sus raíces en la inacabada indefinición del «desarrollo» a secas versus crecimiento económico. ¿Qué es el desarrollo más allá del crecimiento económico? ¿Cuáles son sus componentes? ¿Cómo medir los avances de las políticas públicas en relación con la sustentabilidad? Porque el fenomenal esfuerzo del INEGI para estimar, año con año desde hace más de quince, el Producto Interno Neto Ecológico (PINE), nadie lo usa para tomar decisiones en la formulación de políticas públicas. El PINE es un indicador macro de los costos por degradación ambiental y gasto de recursos no renovables (como el petróleo), pero no es un indicador que indique a ciencia cierta cómo vamos en términos de desarrollo sustentable. Se requieren —concluye— instrumentos y formas de gobierno que trasciendan la asignación ministerial (como un jefe de gabinete, por ejemplo), que induzcan un replanteamiento de la gestión del territorio (actualmente inexistente) y que vinculen la participación social —más allá de su rol consultivo— con la justicia ambiental, la defensa en tribunales y la reparación del daño.
Por ello, señala certeramente Antonio Azuela —Titular de la Profepa durante la Semarnap—, lo que está en juego en el fondo es una nueva visión del mundo, para la cual es necesario construir un lenguaje común que apenas empezamos a balbucear a través de la transversalidad (o integración de criterios ambientales en las políticas públicas sectoriales). Porque actualmente, algún funcionario de la Semarnat puede sentirse satisfecho de sus reuniones y acuerdos con representantes de otras secretarías en cuestiones de transversalidad, pero no se ve que eso se traduzca en un cambio de las prácticas dominantes. En este momento —añade— la orquesta podría sonar mucho mejor con los instrumentos disponibles si los músicos fueran de a de veras.
Adrián Fernández —ex director general de calidad del aire durante la Semarnap y actual presidente del Instituto Nacional de Ecología— abunda en el problema de que los indicadores disponibles señalan que no vamos en la dirección de un desarrollo sustentable, sino al contrario, a pesar de las muchas oportunidades que se presentan para establecer alianzas con el sector privado y el sector social. Además —añade—, algunas inercias del mismo sector ambiental impiden sinergias y mantienen dispersos esfuerzos que podrían, y deberían, ser convergentes. Por ejemplo, el área de la Semarnat que produce las estadísticas de indicadores ambientales oficiales se encuentra desvinculada del área que realiza la planeación y evaluación de desempeño...
José Luis Samaniego —ex coordinador de asuntos internacionales de la Semarnap— llama la atención sobre la gradualidad de la mejora institucional y la indispensable mutación del concepto de modernidad y de progreso. Señala que las políticas ambientales pueden hacer aliados importantes de gremios tradicionales como los ingenieros, siempre y cuando se diseñen los incentivos necesarios; y propone una interesante reflexión ante la inexistencia de profesión ninguna encargada del “progreso” —ergo la urgencia de que el gobierno se haga cargo en serio de la planeación del desarrollo.
Julia Carabias —quien fuera titular y constructora de la Semarnap— reconoce un renovado interés de la presidencia de la república sobre el tema ambiental, no obstante que los programas de atención a la pobreza se mantengan desvinculados del fortalecimiento de la capacidad productiva y el tema ambiental se encuentre ausente de las políticas sociales. Julia señala oportunidades para compatibilizar los negocios con el desarrollo sustentable, pero dada la dispersión de esfuerzos y la falta de congruencia ambiental entre las diversas secretarías, quien tiene que empujar la agenda de la sustentabilidad es el propio presidente. Esto es particularmente claro en el caso del Programa Especial de Cambio Climático (PECC), instrumento con potencial para articular políticas nacionales y aprovechar oportunidades internacionales, pero que sin el empuje del presidente no avanzará. Hace falta —resume al final— aclarar dónde estamos (definir la línea base) y para dónde vamos (construir los escenarios deseables, distintos al tendencial), para lo cual hace falta liderazgo, en cada institución, que haga posible el ordenamiento del territorio y el desarrollo de una nueva cultura de la sustentabilidad.
Salvo algunos notables contrapuntos, la mayor parte de los entrevistados coincide en que actualmente se observa un agotamiento de los instrumentos disponibles para la gestión ambiental, acompañado de un reflujo de la participación social y una reducción de los espacios de reflexión sobre la sustentabilidad y el desarrollo mismo, todo ello en un contexto de relativo debilitamiento institucional y escasa o nula integración de criterios de sustentabilidad en las políticas públicas.
Mientras, los costos a pagar por los impactos adversos previsibles de la crisis ambiental global y el cambio climático se acrecientan cada día que pasa sin que se inicien acciones de mitigación y de adaptación a fondo. Lejos de una prosperidad estratégica, parece que el 2010 será un año más que se sume a los costos de la inacción; a menos que México logre lo que no logró Copenhague...
Germán González Dávila glocalfilia@prodigy.net.mx *