Biodiversidad, cambio climático y vulnerabilidad
 
La pérdida de biodiversidad y el calentamiento globlal nos exponen a riesgos mayores
       

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Martes 26 de enero 2010

Pérdida de biodiversidad, cambio climático
e incremento de la vulnerabilidad


Por Germán González Dávila 

 

La décimo sexta Conferencia de las Partes [COP-16] de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático [CMNUCC], que tendrá lugar en México a fines de noviembre 2010, representa una gran oportunidad para que México ventile algunos problemas de fondo sobre las opciones de desarrollo que se le presentan, en el contexto de las negociaciones internacionales para mitigar los efectos adversos del calentamiento global, la recuperación económica y la seguridad estratégica mundial. ¿En qué nichos de mercado nos conviene competir en el futuro? ¿Qué sectores industriales vale la pena potenciar hacia una economía baja en carbono? ¿Cómo modificar la tendencia dominante que incrementa la vulnerabilidad?

 

No queda duda de que el calentamiento global agudizará en el futuro próximo los problemas económicos y ambientales del presente, e implicará amplios costos sociales. Los patrones dominantes de consumo y producción van acoplados a crecientes emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), a creciente pérdida de biodiversidad, a mayor degradación de tierras y aguas, y a más pérdida de suelos fértiles y recursos marinos —sin hablar del desempleo y la pobreza crónicos. El problema de fondo es que los patrones dominantes de crecimiento económico son destructivos del equilibrio de los sistemas biofísicos que sustentan la vida en la Tierra, además de que persistentemente amplifican las desigualdades sociales. Por ello, el crecimiento económico va asimismo acoplado a una creciente vulnerabilidad de los sistemas humanos ante los impactos adversos previsibles del cambio global.

 

Como todos los seres vivos, el ser humano es vulnerable por definición. Al nacer inicia el riesgo de morir y de sufrir todo tipo de enfermedades e impactos adversos del medio en el que se vive. Los riesgos se acaban cuando la probabilidad del último de ellos, la muerte, es igual a 1. La estimación del riesgo se basa en estadísticas de frecuencias de ocurrencia de eventos adversos. El riesgo es la probabilidad de que sucedan esos eventos que afectan a la baja la capacidad de los sistemas humanos para lograr sus objetivos. Por su parte, el grado de vulnerabilidad se determina por la magnitud del riesgo de que un determinado evento ocurra, así como por el grado de exposición de los sistemas humanos a los impactos adversos de dicho evento. Dicho de otro modo: más vulnerables son los sistemas humanos en la medida que continúan ubicando asentamientos urbanos y grandes infraestructuras en zonas expuestas a riesgos.

 

Entre los principales riesgos para los sistemas humanos hay que considerar en primer lugar los riesgos ante desastres derivados de fenómenos naturales geológicos (temblores, vulcanismo) o meteorológicos (ciclones, tornados, sequías); en segundo lugar los riesgos derivados de fallas de control humano ante riesgos sanitarios, riesgos de accidentes químicos, riesgos de accidentes de transporte, y riesgos de incendios forestales; y, en tercer lugar los derivados de fallas socio organizativas, caso de los riesgos financieros o económicos, guerras por recursos naturales y actos terroristas.

 

La globalización amplifica la degradación del medio ambiente que provocan las actividades económicas a gran escala, con la consiguiente pérdida de capacidades de renovación de biomasa y de servicios ambientales de los ecosistemas. No obstante todos los riesgos a la vista, la estrategia dominante es dejar al futuro el pago de los costos que hoy se producen por pérdida de capital natural. Modificar esta estrategia dominante de transferir al futuro los costos por el deterioro del presente era el objeto de la COP-15, en diciembre 2009 en Copenhague, en materia de estabilidad climática planetaria. No se logró otra cosa que una declaración política de doce puntos elaborada por cinco países (de entre los 194 que forman parte de la CMNUCC).

 

Para la COP-16, en su calidad de anfitrión, México deberá hacerse cargo no solamente de la logística de un evento que reúne a más de 15 mil personas sino de ofrecer liderazgo en la búsqueda de alternativas para resolver los temas claves: meta global de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI); meta de reducción para los países desarrollados; acciones de reducción de las grandes economías emergentes (China, India, Brasil, Sudáfrica, Corea del Sur, México, etc.); colocación de fondos de los países desarrollados para apoyar la reducción de emisiones, particularmente por deforestación y degradación forestal (REDD), así como para potenciar la penetración de tecnologías bajas en carbono; y, especialmente importante para los países en desarrollo, disponibilidad de fondos de los países desarrollados para apoyar a los países en desarrollo reduzcan su vulnerabilidad (dicho de otro modo: construyan sus capacidades de adaptación).

 

Los esfuerzos de mitigación y de adaptación no son exclusivos para el cambio climático, se refieren a toda la agenda ambiental, ya que se trata de mitigar el daño que las actividades humanas hacen sobre los recursos biológicos y el medio ambiente en general, así como de adaptarse al conjunto de impactos adversos previsibles derivados de la degradación ambiental en todo el mundo. Urge construir un sistema de gestión integral de riesgo.

 

Debe insistirse que la organización de la COP-16 en México ofrece una gran oportunidad para elevar el grado de visibilidad y de importancia política del problema de la biodiversidad; para informar y convencer que proteger y preservar la biodiversidad en México puede ser muy buen negocio a futuro Preservar la biodiversidad implica mantener y fortalecer ecosistemas amortiguadores de los impactos adversos del cambio climático (como los arrecifes coralinos, los manglares, las cuencas altas y las laderas de montaña); implica también aprovechar valores de opción a futuro (moléculas para la industria químico – farmacéutica, sistemas orgánicos para combustibles, genes para la producción de alimentos, etc.); y, sobre todo, permite aprovechar su valor de uso indirecto al preservar la oferta de servicios ambientales de los ecosistemas, que asimismo reducen la vulnerabilidad a futuro.

 

Si se hacen las cosas en serio, la organización de la COP-16 de cambio climático, así como los eventos por el año internacional de la biodiversidad, deben abrir espacios con objeto de ajustar el marco jurídico – político mexicano para construir un verdadero sistema nacional de planeación, de ordenamiento territorial y de definición de opciones estratégicas (económicas, industriales, científicas, demográficas, etc.) de largo plazo. Si no hay planeación y ordenamiento territorial, no podrán construirse las capacidades de adaptación ante el tremendo cambio global que se nos viene encima…

       

 

Germán González Dávila
glocalfilia@prodigy.net.mx

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