Avatar: civilizaciones o ecosistemas
La sustentabilidad como avatar de la trayectoria inercial en curso
       

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Jueves 4 de febrero 2010

Avatar: la gran aventura entre civilizaciones y ecosistemas


Por Germán González Dávila 

 

Avatar es una película espectacular que seguramente marcará a toda una generación; más allá de lo que lograra Matrix, de los hermanos Wachowski, a principios de siglo; o le Grand Bleu, de Luc Besson, de fines de los años ochenta. Con ella, James Cameron bate su propio record logrado con Titanic en 1997, la película más taquillera de todos los tiempos hasta antes de Avatar.

 

Sin duda, lo más impactante del filme es la fantástica puesta en escena de personajes humanos y sus avatares en Pandora, el planeta que alberga a los Na’vi y a todo un mundo orgánico de seres interconectados entre sí. Ahí, un soldado que desembarca con la misión de infiltrarse entre los Na’vi para preparar el momento de obligarlos a abandonar sus tierras, finalmente se integra a ellos, elige continuar su vida orgánica en su avatar pandoriano, y lucha en contra de los invasores humanos. Hay quien dice que la trama de la película resulta pequeña al lado de la escenografía, porque es la historia de siempre: seres humanos que se apropian, por la fuerza de las armas, de territorios ya ocupados por otros, a fin de disponer de los recursos naturales locales, sin importar si con ello destruyen culturas y ecosistemas.

 

Pero la historia resulta una excelente fábula para marcar a la actual generación acerca de lo que no se debe hacer con los bienes terrenales. Pandora es el avatar de la Tierra. Los conquistadores humanos llegan ahí y destruyen un gigantesco árbol del tamaño de la torre Eifel que constituye la morada de un clan de los Na’vi, todo a fin de obtener un mineral que es clave para resolver el problema energético en la Tierra. De nada sirven las llamadas de atención de los científicos de la expedición, en el sentido de defender la integridad territorial del clan y de los ecosistemas pandorianos, ante la voracidad de la corporación que paga la explotación y la actitud exterminadora de sus tropas.

 

Efectivamente es la historia de siempre. El industrioso ser humano que se apropia, uno tras otro, los recursos de la Tierra, sin tomar en cuenta el delicado equilibrio de la trama de la vida. Los seres vivos están interconectados entre sí por relaciones energéticas y funcionales, la red trófica y los ciclos biogeoquímicos. En Pandora algunas de estas relaciones pueden sentirse y verse a simple vista. En la Tierra estas relaciones se encuentran degradadas por el tamaño de la población humana global y sus hábitos perturbadores sobre los equilibrios de los sistemas biofísicos.

 

Homo sapiens es extremadamente exitoso; el tamaño y el ritmo de crecimiento de su población global lo indica claramente. Se trata de una ley de la ecología, el éxito diferencial de las especies en los ecosistemas se expresa básicamente como biomasa o número de individuos; las más exitosas logran mayor biomasa o mayor número de individuos. Las poblaciones exitosas crecerían indefinidamente si no fuera porque los individuos mueren y porque la capacidad de carga de los ecosistemas impone límites a cada especie.

 

En sentido contrario a los límites impuestos por la naturaleza, la capacidad artificiosa humana nos ha hecho creer que es posible transformar la Tierra a imagen y semejanza de nuestra propia artificialidad sin límites, y que todos los problemas tienen soluciones tecnológicas. Pero al ritmo del siglo XX el planeta se nos hizo pequeño, el proceso de colonización del mundo concluyó, y la población humana global pasó de menos de 2 mil millones a poco más de 6 mil millones de habitantes, más de la mitad como población urbana. Los conocimientos científicos indican que la forma en que se ha desarrollado esta artificialidad es destructiva de la trama de la vida en el planeta.

 

Así pues, en materia de sustentabilidad ambiental el balance de la civilización global es de números rojos. En el curso de su historia, Homo sapiens ocupó territorios de tal modo que destruyó el 50 por ciento de la vegetación original, colapsó o agotó todas las grandes pesquerías del mundo, desertificó un tercio de las tierras agrícolas, disminuyó la disponibilidad de agua, agotó las existencias petroleras, recalentó el planeta con gases de efecto invernadero y puso en marcha la sexta gran extinción de biodiversidad en la historia de la Tierra.

 

La moraleja de Avatar es sencilla pero profunda. La humanidad necesita urgentemente abandonar sus patrones dominantes de crecimiento y crear todo un avatar civilizatorio que restablezca el equilibrio entre la población humana global y la capacidad de carga de la biosfera. Algunos sabios, Edward O. Wilson (el padre de la socio biología) entre ellos, señalan incluso que lo que se requiere es una retirada sustentable, un decrecimiento programado de la población global y de la economía. Porque la civilización humana ya ha transgredido umbrales planetarios y desequilibrado ciclos biogeoquímicos y termodinámicos de la biosfera.

 

 

       

Germán González Dávila
glocalfilia@prodigy.net.mx

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