Inercialmente, las grandes modificaciones en el paisaje por intervención humana son difíciles de detectar antes de que sea demasiado tarde para evitarlo. Al ocupar territorios, Homo sapiens ha transformado la cobertura vegetal original en zonas agrícolas, ganaderas, asentamientos humanos y grandes infraestructuras. Es lo que se denomina «cambio de uso del suelo». Hoy día, de la superficie vegetal original del planeta queda solamente la mitad de la que Homo sapiens encontró hace ocho mil años, cuando inició la revolución agrícola. Durante este periodo, la población humana pasó de unos cuantos cientos de miles a casi 7 mil millones de habitantes en el planeta.
El vertiginoso éxito demográfico de Homo sapiens aunado a su creciente capacidad de uso intensivo de energía y materiales ha cambiado la faz de la Tierra. Además de la pérdida de biodiversidad, la pérdida de cobertura vegetal implica disminución de la capacidad de oferta de servicios ambientales de los ecosistemas —agua limpia, aire respirable, suelos fértiles, alimentos, etc. El problema del cambio climático global pone de relieve las capacidades de los ecosistemas como sumideros y depósitos de carbono; sumideros, porque capturan bióxido de carbono de la atmósfera y, depósitos, porque por fotosíntesis almacenan y conservan este CO2 en forma de biomasa a través de las redes tróficas.
La superficie terrestre del territorio mexicano suma 196.7 millones de hectáreas [Mhas]; de ellas, poco más del 90 por ciento, o 177 Mhas, estaban originalmente ocupadas por algún tipo de cobertura vegetal [Semarnap, 2000]. La reforma agraria derivada de la revolución de 1910 se hizo cargo de cambiar el uso del suelo de grandes extensiones forestales, a fin de distribuir la tierra entre los campesinos. Durante la década de los años 1930, en el contexto del cardenismo, tuvo lugar una primera oleada de ocupación de territorios por el sector agrario; pero la mayor y realmente destructiva tuvo lugar durante las décadas de 1960 a 1980, cuando incluso una Comisión nacional de desmontes borró del mapa la mayor parte de la selva alta perennifolia y otras zonas boscosas del territorio mexicano.
Actualmente las actividades humanas ocupan el 31.3 por ciento del territorio, o 61.6 Mhas, de las cuales 31.1 Mhas son de uso agrícola, 26.9 Mhas de uso ganadero, y 3.6 Mhas para otros usos del suelo [asentamientos humanos, parques industriales, grandes infraestructuras, etc.]. Así, el territorio ocupado por vegetación original disminuyó del 90 al 68 por ciento, o 135 Mhas. Es decir, la pérdida neta de cobertura vegetal original fue de alrededor de una cuarta parte a escala nacional, pero por tipo de vegetación las mayores pérdidas corresponden a las selvas húmedas, de las cuales se perdió prácticamente la mitad. La vegetación original en estas 135 Mhas se distribuye en cinco tipos básicos, aunque con diversos grados de perturbación humana: 32.3 Mhas son bosques templados de coníferas y encinos; 1.8 Mhas bosques mesófilos de montaña; 11 Mhas selvas húmedas; 24.8 Mhas selvas subhúmedas; 7.6 Mhas corresponden a manglares y vegetación costera; y 57.5 Mhas de matorrales de zonas áridas.
Por consiguiente, el sistema nacional de áreas naturales protegidas [SINANP] en México constituye uno de los mejores instrumentos para conservar los ecosistemas y sus servicios ambientales, pues permite proteger amplios espacios naturales y disminuir o anular las interferencias antrópicas. La información de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas [CONANP] indica que el 12.8 por ciento del territorio, o 25 Mhas, se encuentra bajo algún tipo de régimen de protección; 85 por ciento bajo tutela federal y 15 por ciento bajo jurisdicción regional o local. La mayoría son terrestres —19.5 Mhas, en donde habitan 2.5 millones de personas— y 5.1 Mhas son costeras y marinas [J. Carabias, Reforma, 23/01/2010]. De acuerdo con cálculos recientes [J. Bezaury, 2009], el carbono almacenado en los depósitos forestales de las ANP equivale a alrededor de cinco años de emisiones de México. Esto da una buena idea de la importancia, en materia de mitigación del cambio climático y adaptación al calentamiento global, de las ANP del país para reducir la deforestación y la degradación forestal.
En este contexto, el pasado miércoles 3 marzo la CONANP presentó su estrategia de cambio climático para las áreas naturales protegidas [ECCAP], lo cual constituye otra vuelta de tuerca para reforzar el andamiaje institucional que el gobierno federal construye desde hace muchos años, especialmente durante los últimos cinco a partir de la entrada en vigor del Protocolo de Kioto, a fin de reducir emisiones de gases de efecto invernadero y reducir la vulnerabilidad de los sistemas humanos y naturales ante los impactos adversos previsibles del calentamiento global.
La ECCAP constituye un instrumento de señalización y orientación general para que el SINANP acreciente y mejore su contribución en el futuro en materia de combate al cambio climático. Por consiguiente, se entiende que la ECCAP no contenga metas, sino solamente objetivos generales y líneas de acción para mitigación, adaptación, desarrollo de conocimientos, comunicación y cultura, desarrollo de capacidades en general, y transversalidad en políticas públicas.
Sin embargo, la ECCAP no deja clara su vinculación con las metas del Programa Especial de Cambio Climático 2009 – 2012 [PECC]. Es decir ¿cuánto contribuyen actualmente [línea base] las ANP para mitigar el cambio climático, y cuánto más podrían contribuir en el futuro? La ECCAP solamente señala entre sus líneas de acción que desarrollará escenarios, a fin de poder estimar contribuciones futuras. En materia de adaptación sucede algo parecido, la ECCAP reconoce como suyo un enfoque basado en gestión de ecosistemas, que evite se reduzca la resiliencia [capacidades de ajuste] de las ANP ante el cambio global, pero tampoco se aclaran los vínculos con las principales metas de adaptación del PECC. Otro tanto sucede en relación con otros esfuerzos paralelos de la gestión ambiental federal, como es el caso del recientemente formulado Programa de Ordenamiento Ecológico General del Territorio [POEGT], cuyas capas de información geográfica no parecen haberse tomado en consideración en la ECCAP. Son síntomas de una época marcada por la falta de liderazgos claros e influyentes en materia de proyectos de nación. Muchos esfuerzos de especialistas ambientales fructifican, pero no logran entre sí el grado de sinergia necesario para aprovechar mejor los recursos y hacer avanzar eficazmente los puntos clave de la agenda ambiental nacional...